Xataka.
El cambio de año suele impulsar listas de propósitos. Muchas personas las usan para ordenar rutinas y ajustar hábitos. En ese marco, algunos objetivos pueden vincularse con procesos biológicos asociados al envejecimiento. La clave está en sostener prácticas que impacten en el cuerpo día a día.
Durante años predominó la idea de que el cuerpo envejece como una máquina que se desgasta. En esa visión, las articulaciones funcionan como bisagras y el ADN parece inmutable. Sin embargo, los hábitos de vida se relacionan con la forma en que los genes se expresan. Por lo tanto, ejercicio, sueño y relaciones sociales pueden influir en salud y longevidad.
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La actividad física dejó de verse solo como un recurso para mejorar el corazón. También se conecta con cambios a nivel celular. El ejercicio puede modular mecanismos como la metilación del ADN. Para entenderlo, sirve imaginar el ADN como una caja de fusibles. La metilación actúa como interruptores que encienden o apagan ciertas funciones biológicas.
El sedentarismo mantiene activas señales asociadas al envejecimiento celular. En cambio, una vida activa con actividad física moderada se asocia con cambios opuestos. Se observa un perfil más “joven” en músculo cuando hay movimiento sostenido. Cuidar las células resulta central, porque su envejecimiento se refleja en el resto del organismo.
Un análisis basado en 3.000 muestras de músculo humano vinculó mayor condición física con perfiles genéticos y de expresión genética más jóvenes. Además, la inactividad no funciona como un estado neutro. Induce un perfil de envejecimiento. Por lo tanto, el movimiento regular aparece como un propósito con efecto acumulativo.
El estrés sostenido y la sensación de soledad se relacionan con respuestas defensivas del organismo. Ante un entorno percibido como hostil, el cuerpo tiende a aumentar partículas pro inflamatorias. La inflamación se asocia con daño tisular. También se vincula con mayor propensión a enfermedades, incluidas infecciones víricas.
Ese proceso se conecta con envejecimiento inmunitario acelerado. Por lo tanto, los propósitos de Año Nuevo pueden incluir hábitos que reduzcan estrés. También pueden priorizar vínculos y apoyo social. Es una forma de cuidar el cuerpo sin depender solo del ejercicio.
La exposición constante a luz artificial se volvió parte de la vida moderna. Sin embargo, el cuerpo mantiene ritmos biológicos que dependen de la oscuridad nocturna. La luz a deshoras reduce la melatonina. Ese efecto se potencia con la luz azul de pantallas.
La melatonina no solo se asocia al sueño. Funciona como señal biológica que marca la noche. Cuando baja, se produce cronodisrupción. Eso implica una alteración del reloj interno. Este sistema influye en regulación de glucosa y presión arterial.
Además, durante el sueño se describe una “limpieza” cerebral nocturna. Ese proceso ayuda a eliminar partículas vinculadas a enfermedades como el alzhéimer. Por lo tanto, el manejo de pantallas y la higiene del sueño se vuelven hábitos con impacto biológico.
En síntesis, una lista de propósitos puede ser más que una promesa. Puede organizar decisiones concretas sobre ejercicio, descanso, vínculos y manejo del estrés. También puede incluir límites a la luz nocturna. Son medidas simples que se sostienen en el tiempo. Y se vinculan con vivir con menos enfermedad y mejor calidad de vida.
Fuente: Xataka
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