(8 de enero de 1986). Tripulación del Challenger 51-L en la White Room de la plataforma 39B tras la finalización de la Prueba de Demostración de la Cuenta Regresiva Terminal (TCDT). De izquierda a derecha: la participante del programa Maestro en el Espacio, Sharon “Christa” McAuliffe; el especialista de carga útil Gregory Jarvis; la especialista de misión Judy Resnik; el comandante Dick Scobee; el especialista de misión Ronald McNair; el piloto Michael Smith y el especialista de misión Ellison Onizuka. Nasa/ Kennedy Space Center
El 28 de enero de 1986 quedó grabado como uno de los momentos más trágicos de la historia espacial. A solo 73 segundos de su lanzamiento, el transbordador Challenger se desintegró en pleno ascenso, ante la mirada en directo de millones de personas en todo el mundo.
El despegue se produjo a las 11:38, hora local, desde el Centro Espacial Kennedy, en Florida. La misión STS-51-L tenía un fuerte contenido simbólico: demostrar que los vuelos espaciales podían ser rutinarios. A bordo viajaban siete tripulantes, entre ellos Christa McAuliffe, una docente seleccionada para acercar el espacio a las aulas estadounidenses.
Lo que inicialmente fue percibido como una explosión fue, en realidad, una desintegración estructural. La pérdida de integridad del tanque externo de combustible provocó que las fuerzas aerodinámicas destruyeran el vehículo en cuestión de segundos. No hubo sobrevivientes y el impacto emocional fue inmediato.
Las investigaciones posteriores identificaron la causa técnica en un componente crítico: las juntas tóricas de uno de los cohetes aceleradores sólidos. Estas piezas debían sellar las uniones para contener gases a altísima presión. Sin embargo, el lanzamiento se realizó en condiciones inusualmente frías para Florida, lo que afectó su elasticidad.
Ingenieros habían advertido sobre el riesgo que implicaban las bajas temperaturas. Aun así, el lanzamiento no se suspendió. Las imágenes revelaron luego un escape de gases en el acelerador derecho, que terminó perforando el tanque externo y desencadenando el colapso del sistema.
El informe de la Comisión Rogers, creada para investigar el accidente, fue contundente. No solo señaló el fallo mecánico, sino una cultura organizacional que minimizaba advertencias técnicas y priorizaba el cumplimiento del calendario. Anomalías previas fueron normalizadas en lugar de ser tratadas como señales de alarma.
Tras el desastre, la NASA suspendió los vuelos durante casi tres años y rediseñó componentes clave del sistema. También reformuló sus protocolos de seguridad, fortaleció la independencia técnica y dio mayor peso a la gestión del riesgo en la toma de decisiones.
El legado del Challenger trascendió a Estados Unidos. Agencias espaciales de todo el mundo incorporaron el caso como referencia obligatoria en materia de seguridad. Incluso hoy, en un escenario dominado por empresas privadas y lanzamientos frecuentes, sus lecciones siguen vigentes.
Fuente: ABC Color
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