Las decisiones impulsadas por la IA afectan a áreas críticas como el bienestar, el empleo y la democracia, a menudo amplificando desigualdades existentes.
La inteligencia artificial ya forma parte de la vida diaria. Está en los buscadores, en las redes sociales, en los bancos, en las empresas y hasta en servicios públicos. Pero su avance también abre una pregunta clave: ¿quién se beneficia realmente y quién queda atrás?
Ese fue uno de los temas analizados durante el evento 4YFN, realizado en el MWC Barcelona. Allí, expertas advirtieron que la IA puede ayudar a innovar y mejorar procesos, pero también puede agrandar desigualdades si se usa sin control, transparencia ni responsabilidad.
El debate se centró en el coste oculto de la IA. Es decir, en los efectos que no siempre se ven cuando una tecnología promete eficiencia. Las especialistas hablaron de impactos en el empleo, la democracia, el acceso a servicios, la protección social y la toma de decisiones que afectan a millones de personas.
Uno de los puntos más sensibles es el uso de IA en servicios públicos o financieros. Por ejemplo, cuando un sistema automático ayuda a decidir quién recibe una ayuda estatal, un seguro, un préstamo o una oportunidad laboral.
El problema aparece cuando esos sistemas tienen sesgos. En esos casos, una persona puede ser rechazada, investigada o perjudicada sin entender por qué. Y muchas veces, reclamar contra una decisión tomada por un algoritmo resulta difícil.
La especialista Anna Colom recordó un caso ocurrido en Países Bajos. Allí, un algoritmo usado por la autoridad fiscal señaló injustamente a familias de origen extranjero por supuesto fraude en ayudas para el cuidado infantil. Muchas terminaron endeudadas, empobrecidas y afectadas gravemente por una decisión automatizada mal aplicada.
Otra preocupación es quién decide las reglas de la inteligencia artificial. Marta Poblet señaló que muchas voces del Sur Global quedan fuera de las discusiones sobre gobernanza tecnológica.
Según la experta, conceptos como equidad, transparencia y rendición de cuentas suelen definirse desde países e instituciones con mayor poder tecnológico. Por eso, planteó que las comunidades afectadas también deben participar en el diseño y control de estos sistemas.
El debate no debería estar reservado solo a especialistas técnicos. La IA afecta a trabajadores, estudiantes, pacientes, consumidores y ciudadanos. Por eso, sus reglas deben ser entendibles y discutidas de forma más amplia.
Las especialistas también hablaron del papel de las empresas. Julia Wallner sostuvo que la equidad no debe revisarse recién al final, cuando la tecnología ya está funcionando. Debe incorporarse desde el diseño.
Además, advirtió sobre el impacto laboral. La IA puede crear nuevos empleos, pero también eliminar otros. El desafío no es solo capacitar trabajadores, sino evitar que la transición deje a muchas personas fuera del mercado.
El avance de la IA no es negativo por sí mismo. El riesgo aparece cuando se concentra en pocas empresas, se aplica sin control o se usa sin mirar sus efectos sociales. Por eso, las expertas coincidieron en que el progreso tecnológico debe ir acompañado de regulación, ética, participación ciudadana y responsabilidad empresarial.
Fuente: Do Better
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