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Fallece Robert Duvall, el eterno Tom Hagen de “El padrino”

El cine despide a Robert Duvall, ganador del Oscar y actor fetiche de Coppola. De su debut en “Matar un ruiseñor” a sus días de tango y country, repasamos su trayectoria.

Foto: Paramount Pictures.

El universo cinematográfico despide a una de sus figuras más íntegras y versátiles tras siete décadas de impecable trayectoria. Robert Duvall, el actor que personificó la lealtad en la mafia y el coraje en la guerra, falleció el domingo. Tenía 95 años y se encontraba en su rancho de Virginia al momento de su partida física. Su esposa, la actriz argentina Luciana Duvall, confirmó la noticia a través de un emotivo mensaje en redes sociales. Con su muerte, se cierra un capítulo fundamental de la historia del Nuevo Hollywood y del cine moderno internacional.

Para su compañera de vida, el intérprete trascendió la imagen pública de una estrella de la industria mundial. Para el mundo, era un actor ganador del Oscar, un director, un narrador. Para mí, lo era todo, expresó Luciana con profunda tristeza. Además, destacó que la pasión de su marido por el oficio solo era comparable con su amor por los personajes. En cada interpretación, el artista buscó representar la auténtica esencia humana, dejando un legado que resulta duradero e inolvidable. El apoyo del público fue vital durante sus años de mayor actividad creativa y personal.

La carrera de Duvall comenzó sin diálogos, interpretando al icónico Boo Radley en el clásico Matar un ruiseñor de 1962. Sin embargo, su presencia escénica bastó para captar la atención de los grandes directores de la época. Posteriormente, se consolidó como el consiglieri Tom Hagen en la saga de El Padrino, bajo la dirección de Francis Ford Coppola. En aquella obra, inmortalizó la figura del consejero estratégico de la familia Corleone con una sobriedad magistral. Aquel papel le valió una nominación al premio Oscar y el respeto unánime de sus colegas y críticos.

La huella imborrable de un actor de carácter

En Apocalypse Now, Duvall regaló al cine una de sus secuencias más recordadas como el coronel Kilgore. Aquel hombre que amaba el olor a napalm por la mañana fue fruto de un rodaje intenso y apresurado. No había tiempo. Escuché por el intercomunicador que solo podíamos usar los aviones durante 20 minutos, relató alguna vez el actor. Ante la urgencia, decidió que si su personaje no se inmutaba ante los bombardeos, él tampoco lo haría. Esa entrega absoluta le permitió filmar aquella mítica escena de los helicópteros en una única toma perfecta.

Duvall se definía a sí mismo como un actor de carácter y abrazaba con orgullo esa etiqueta profesional. Haces grandes trabajos y viajas por todo el mundo sin tener que llevar el peso de la película, explicaba con naturalidad. Sin embargo, su talento le permitió brillar en roles protagónicos cuando la historia así lo exigía para su desarrollo. El premio Oscar finalmente llegó por su labor en Gracias y favores, donde encarnó a un cantante de country. Además, obtuvo candidaturas por cintas como El don del coraje, Acción civil, El juez y su propia dirección.

Pasiones fuera de la pantalla y el amor por el tango

Lejos de los focos de Los Ángeles, Robert Duvall era un jinete experto y un apasionado de la historia. En su propiedad de Virginia, coleccionaba objetos de la guerra civil estadounidense que hallaba en sus propios terrenos familiares. También cultivaba un amor profundo por el tango, género que conoció gracias a su esposa en una pastelería porteña. Su encuentro en Buenos Aires en 1996 fue una sorpresa del destino que cambió su vida personal para siempre. Ambos compartieron desde entonces su afición por la música y la cultura del Río de la Plata.

El actor también se aventuró detrás de las cámaras, dirigiendo cinco largometrajes a lo largo de cuatro décadas intensas. Un ejemplo de su tenacidad fue Camino al cielo en 1997, proyecto que financió con su propio capital personal. Ante la falta de apoyo de los estudios, invirtió cinco millones de dólares para protagonizar, escribir y dirigir la cinta. Duvall siempre defendió el cine independiente frente a las grandes producciones de presupuestos exorbitantes y fórmulas muy planificadas. Prefería la libertad creativa de las historias pequeñas sobre la rigidez de los blockbusters modernos de cien millones.

El origen de un mito nacido en San Diego

Robert Selden Duvall nació en San Diego en 1931, hijo de un militar de carrera y descendiente de generales. Tras estudiar teatro y servir en el ejército, se mudó a Nueva York para perseguir su sueño artístico. En aquellos años de formación, compartió piso con figuras como Dustin Hoffman y frecuentaba la casa de Gene Hackman. Esos inicios humildes forjaron su carácter estajanovista y su respeto por el oficio de la interpretación sobre el escenario. Siempre estuvo abierto a lo inesperado, creyendo que la vida era mejor cuando aparecían sorpresas en cualquier esquina.

Dos figuras resultaron fundamentales para que su talento explotara en la gran pantalla: Coppola y el guionista Horton Foote. Con el primero colaboró en obras maestras como Llueve sobre mi corazón, La conversación y los primeros filmes de la mafia. Sobre el director, Duvall siempre mantuvo que él fue el catalizador que lanzó a toda una generación de intérpretes. Horton Foote, por su parte, fue quien lo recomendó para su debut cinematográfico tras verlo actuar en el teatro. Juntos crearon personajes que exploraban la profundidad del alma humana con una sensibilidad social y artística muy particular.

Incluso en sus últimos años, el veterano actor no dejó de trabajar en proyectos que desafiaran su zona de confort. En 2022, participó en títulos destacados como Los crímenes de la academia y la película de baloncesto Garra. Su curiosidad intelectual se mantuvo intacta hasta el final de sus días en su rancho rodeado de sus seres queridos. Duvall deja un vacío enorme, pero sus interpretaciones seguirán vivas en la memoria de los cinéfilos de todo el mundo. Su capacidad para conquistar corazones a través de la pantalla es un don que pocos han logrado igualar.

El cine internacional pierde hoy a uno de sus pilares más sólidos y un ejemplo de integridad actoral absoluta. Robert Duvall no solo interpretó personajes; él los habitó con una autenticidad que traspasaba la lente de la cámara. Su partida en Virginia marca el fin de una era dorada para la interpretación cinematográfica de alto nivel. Sin embargo, cada vez que alguien sienta el olor a napalm o escuche un consejo de Tom Hagen, él volverá. La esencia de Bob, como le decían sus allegados, permanecerá grabada en el celuloide por toda la eternidad.

Fuente: El País