Al abrir un celular o una computadora nueva y encontrarse juegos, pruebas de antivirus o tiendas alternativas ya es habitual. A ese “relleno” se lo conoce como “bloatware”. Son aplicaciones preinstaladas que el usuario no pidió y que, muchas veces, aportan poco valor real.
Además de ser una molestia, el bloatware puede traer efectos concretos. Suele consumir almacenamiento y generar notificaciones persistentes. También puede mantener procesos en segundo plano. En algunos casos, aumenta la superficie de exposición a fallos de seguridad.
Por lo tanto, entender por qué aparece ayuda a decidir qué hacer. El motivo principal suele ser económico. Fabricantes de celulares, operadoras y algunos ensambladores de PC firman acuerdos con terceros. Así instalan servicios y “pruebas gratuitas” desde el primer encendido.
Dinero, acuerdos y control del ecosistema
Ese esquema funciona como una subvención del hardware o un refuerzo del margen comercial. Cada instalación puede equivaler a un pago. También puede implicar reparto de ingresos si el usuario termina suscribiéndose. En la práctica, el dispositivo llega “cargado” antes de que el usuario lo configure.
Además, hay razones estratégicas. Las marcas buscan empujar su propia nube, su tienda o su asistente. También promueven herramientas de “mantenimiento”, incluso si el sistema ya trae alternativas. Ahí aparecen los duplicados y las utilidades repetidas.
En entornos corporativos ocurre otra variante. Algunas “imágenes” del sistema llegan con software de gestión y seguridad. El usuario final no lo eligió. Sin embargo, la empresa lo necesita para administrar equipos y cumplir políticas internas.
¿Es siempre malo el bloatware?
No necesariamente. Algunas utilidades sí son útiles. Por ejemplo, drivers, paneles de control o funciones de cámara. También puede incluir soporte para lápiz o ajustes de audio. Esas herramientas no siempre vienen “de serie” en el sistema.
El problema aparece cuando se cruza la línea. Ahí entran los duplicados y las promociones invasivas. También las apps que no se pueden desinstalar. En otros casos, vuelven tras una actualización, reduciendo el control del usuario sobre el equipo.
Para desinstalarlo en Windows, el primer paso es simple. Se puede desinstalar desde Configuración > Aplicaciones. Luego conviene reiniciar y revisar si algo cambió. Si una app se resiste, existen vías avanzadas como PowerShell o herramientas de limpieza.
Sin embargo, antes de borrar “a lo grande” conviene identificar qué es esencial. Algunas apps del fabricante sostienen teclas especiales, audio o energía. Quitar el componente equivocado puede afectar el rendimiento. Por eso, la prioridad es quitar lo prescindible primero.
Android e iOS: desinstalar, deshabilitar y límites
En Android, lo habitual es “Desinstalar” o “Deshabilitar”. Deshabilitar evita la ejecución y también oculta la app. Si el sistema no permite ninguna opción, usuarios avanzados recurren a ADB desde un ordenador. Ese método puede retirar paquetes para el usuario actual, pero exige cuidado.
En iOS el margen es menor. Apple limita más el bloatware de terceros. Aun así, algunas apps propias pueden ocultarse o eliminarse en parte. En cualquier plataforma, antes de tocar nada, conviene hacer copia de seguridad. También ayuda buscar el nombre exacto del paquete. Si es un equipo de trabajo, corresponde confirmar políticas de TI. El objetivo no es “dejarlo a cero”, sino recuperar control sin perder funciones.
Fuente: ABC Color







